Buscar noticia
Golf en Perspectiva: Shinnecock no perdona: vuelve el Major más cruel del golf
El U.S. Open regresa a Shinnecock Hills, uno de esos lugares donde el golf deja de ser un deporte bonito y se convierte en una prueba de carácter.
Por: JPA (15 de junio de 2026)
Foto por: GettyImages

Hay torneos que se ganan. Y hay torneos que se sobreviven.

El U.S. Open pertenece a esa segunda especie. No es necesariamente el Major más romántico, ni el más amable, ni el que más ganas dan de jugar si uno pudiera elegir con el corazón. El Masters te invita a soñar. The Open te conecta con el origen de este deporte…

El U.S. Open, en cambio, te mira fijo y te pregunta otra cosa: ¿cuánto estás dispuesto a aguantar?

No le interesa demasiado si venís jugando bien. No se conmueve con tu ranking. No respeta del todo tus logros previos. No se impresiona porque pegues 330 yardas de aire, porque tengas el swing más estético del mundo o porque vengas de ganar hace dos semanas. El U.S. Open tiene una personalidad propia y por eso mismo fascinante: es el campeonato donde el golf se vuelve incómodo.

Y este año, para completar el cuadro, vuelve a Shinnecock Hills.

Pocas combinaciones suenan tan poderosas como esa. U.S. Open y Shinnecock. El torneo más severo del calendario en uno de los campos más antiguos, más misteriosos y más peligrosamente bellos de Estados Unidos. Un lugar donde el viento no acompaña: interviene. Donde los greens no reciben: juzgan. Donde un tiro apenas imperfecto puede terminar pareciendo una mala decisión de vida “deportiva”.

Shinnecock Hills no necesita gritar para intimidar. No es un monstruo moderno de 8.000 yardas hecho para castigar a fuerza bruta. Su amenaza es más fina, más vieja, más elegante. Está en los ángulos. En las caídas. En los bordes falsos. En esos greens abombados que parecen tranquilos hasta que una pelota empieza a rodar y uno descubre que la gravedad también puede ser cruel.

Fundado en 1891, Shinnecock es una pieza viva de la historia del golf estadounidense. Fue uno de los clubes fundadores de la USGA y ya recibió el U.S. Open en 1896, 1986, 1995, 2004 y 2018. Es decir: no estamos hablando solo de una sede. Estamos hablando de un escenario que vio pasar siglos, generaciones, estilos, materiales, pelotas, palos, campeones y tragedias deportivas.

Y sigue ahí. Como si nada. Como si el golf hubiera cambiado todo menos su capacidad para hacer sufrir.

De hecho, basta comparar el Shinnecock de 1896 con el de hoy para entender cuánto cambió el golf y cuánto, al mismo tiempo, permanece igual. Aquel U.S. Open se jugó en una cancha de poco más de 4.400 yardas. Hoy, el recorrido supera largamente las 7.000. Entre un tiempo y otro quedaron los palos de madera, las pelotas antiguas, las chaquetas, los bigotes, los caddies de otra época y el golf moderno de atletas, TrackMan, drivers misil y preparación física de laboratorio. Pero el espíritu es el mismo.

Hay, además, una historia profunda en Shinnecock que va bastante más allá del golf. Su nombre está ligado a la Nación India Shinnecock, habitantes originarios de Long Island. Y en aquel U.S. Open de 1896 apareció una figura que todavía hoy merece ser recordada: John Shippen, caddie de Shinnecock e hijo de padre afroamericano y madre Shinnecock. Algunos jugadores intentaron impedir que él y Oscar Bunn, jugador nativo americano, compitieran. No lo lograron. Shippen jugó, compitió de verdad y quedó para siempre como una de las primeras grandes figuras afroamericanas del golf estadounidense.

Ese dato convierte a Shinnecock en algo más que un club antiguo. Lo transforma en un lugar cargado de memoria. Una cancha que no solo cuenta campeones, sino también tensiones, puertas que se abrieron, resistencias, símbolos y contradicciones.

Hay algo casi cinematográfico en Shinnecock. Está en Long Island, en Southampton, en esa zona donde conviven el lujo de los Hamptons, el aire salado, la historia indígena y un campo que parece dibujado por alguien que entendía que el golf no debía ser justo, sino interesante.

William Flynn, responsable del diseño actual de 1931, no construyó una cancha lineal. Diseñó una trampa de viento. Sus hoyos se mueven en diferentes direcciones, formando una especie de rompecabezas que obliga a los jugadores a pegar tiros distintos durante todo el día. Si el viento sopla de un lado, no hay problema: Shinnecock encontrará la forma de que también te moleste del otro.

No te ataca siempre de frente. A veces te susurra. Te deja creer que un fairway amplio es una invitación. Te muestra espacio, te da aire, te permite respirar. Y después te recuerda que en el U.S. Open no alcanza con estar en el fairway: hay que estar en el lado correcto. No alcanza con llegar al green: hay que dejarla en el sector correcto. No alcanza con ser valiente: hay que saber cuándo no serlo.

Esa es la gran diferencia entre Shinnecock y tantas canchas duras. Shinnecock no castiga solamente el error evidente. Castiga la imprecisión pequeña. La duda. El tiro apenas empujado. El approach sin convicción. El putt defendido. El golpe que no fue malo, pero tampoco fue lo suficientemente bueno.

Este año, además, Shinnecock llega con un detalle interesante: faiways más amplios, más cercanos al espíritu original de Flynn. A simple vista, podría parecer una concesión. Pero cuidado. En una cancha expuesta al viento. El U.S. Open no se vuelve amable porque el fairway mida unos metros más.

Y la historia del torneo en esta cancha demuestra que las respuestas nunca fueron sencillas. En 1896 ganó James Foulis, cuando el golf estadounidense todavía estaba aprendiendo a caminar. En 1986 se impuso Raymond Floyd. En 1995, Corey Pavin dejó una de las imágenes más recordadas del campeonato con aquel tiro al green del 18, levantando los brazos mientras la pelota avanzaba hacia la bandera, como si él mismo hubiera entendido antes que todos que acababa de pegar un golpe destinado a vivir para siempre. Shinnecock no solo fabrica tragedias. También fabrica postales eternas.

En 2004, Retief Goosen resistió cuando otros se derrumbaron. Phil Mickelson, que venía peleando el campeonato, terminó cediendo terreno en el tramo final, especialmente con aquel doloroso doble bogey en el par 3 del 17. Fue una de esas escenas bien U.S. Open: un jugador enorme, una oportunidad gigante y una cancha que no concede nada.

Y en 2018, Shinnecock volvió a mostrar su costado más incómodo. Brooks Koepka ganó y confirmó que para levantar este trofeo hace falta algo más que talento. Pero aquella edición también dejó una imagen extraña, casi absurda, protagonizada otra vez por Mickelson: en el hoyo 13, cansado de ver cómo la pelota se le escapaba en el green, decidió golpearla mientras todavía se movía. Una escena impensada para un jugador de su categoría. Una especie de rendición con palo en mano. Shinnecock había logrado algo brutal: quebrarle la paciencia a uno de los golfistas más creativos y experimentados de su generación. Eso también es parte del mito.

Por eso el U.S. Open nos gusta incluso cuando parece demasiado duro. O quizás justamente por eso. Porque nos recuerda que el golf no siempre tiene que ser cómodo. Que también puede ser áspero, injusto, incómodo, casi cruel. Que la grandeza no siempre aparece con una vuelta de 62 y una sonrisa al público. A veces aparece con un 72 lleno de cicatrices, con tres salvadas imposibles, con un bogey que pudo ser doble y con una mirada perdida al horizonte después de embocar un putt de metro y medio como si fuera para ganar la vida. Shinnecock será eso.

Porque al final, cuando llegue el domingo, alguien levantará el trofeo. Alguien habrá encontrado la forma de convivir con Shinnecock sin volverse loco. Alguien habrá entendido que no se trataba de pegar todos los tiros perfectos, sino de fallar en los lugares menos mortales. Alguien habrá hecho las paces con el viento, con los rebotes, con los greens, con la frustración y con ese cansancio mental que solo el U.S. Open sabe fabricar. Ese jugador será campeón. Pero no porque Shinnecock lo haya dejado ganar. Será campeón porque, durante cuatro días, logró que Shinnecock no lo derrotara del todo. Y en este Major, muchas veces, eso ya es una forma de gloria.

Patrocinadores