Querido golf:
No sé muy bien cómo se escribe una despedida después de casi noventa años juntos.
Tal vez debería empezar por el principio, aunque el principio ya queda tan lejos que a veces parece una escena inventada por la memoria. Yo tenía cuatro años, una pequeña bolsa colgada en los hombros, cuatro palos que me parecían enormes y una mezcla de ilusión, nervios y miedo que todavía puedo sentir si cierro los ojos. Mi padre me llevaba de la mano por el club de toda mi vida. Ese club al que hoy miro desde el vidrio del clubhouse, no sin nostalgia. Allá, a lo lejos, el green del 18 que me dio más enojos que alegrías. Y desde acá veo también el tee del 1, ese en el que deposité toda la fe del mundo en el inicio de cada ronda.
Hoy me despido de ti. Y me duele. Porque no me estoy despidiendo de un deporte. Me estoy despidiendo de una forma de vivir.
Me diste amigos que se quedaron para siempre. Algunos todavía se sientan en esta mesa. Otros ya juegan en canchas que no conocemos, con greens perfectos y sin viento en contra. Me diste conversaciones largas después de una ronda mala, risas imposibles en un bunker, apuestas mínimas que parecían finales del mundo y abrazos silenciosos cuando las palabras no alcanzaban.
Me diste viajes inolvidables. Canchas que parecían postales. Madrugadas con frío. Tardes de sol. Lluvias que nadie esperaba. Hoteles, rutas, maletas con zapatos embarrados y ese placer simple de llegar a un club nuevo y preguntarse, como un chico, cómo se juega cada hoyo.
Me diste salud, incluso cuando yo no sabía que me la estabas dando. Me hiciste caminar miles de fairways, respirar aire limpio, mover el cuerpo, ordenar la cabeza, mirar árboles, lagunas, montañas y cielos que no habría visto desde ningún escritorio. La ciencia dirá que jugar al golf ayuda al bienestar físico, social y mental. Yo no tengo cómo discutirlo. Solo puedo decir que, durante casi noventa años, tú me mantuviste en movimiento. Y muchas veces, también me mantuviste en pie.
Me enseñaste a respetar reglas cuando nadie miraba. A contar un golpe que solo yo sabía que había dado. A aceptar un mal lie. A no culpar siempre al viento, al pique, al green o a la mala suerte. Me enseñaste que la honestidad no empieza en los grandes gestos, sino en esas pequeñas decisiones que uno toma a solas.
Y eso, querido golf, me sirvió mucho más allá de la cancha.
También me enseñaste concentración. Paciencia. Humildad. Me enseñaste a competir contra otros, sí, pero sobre todo contra mí mismo. Contra mi apuro. Contra mi enojo. Contra mi ego. Contra esa voz interior que tantas veces decía “no puedes” justo antes del golpe más importante.
Contigo aprendí que uno puede sentirse invencible a las diez de la mañana y completamente perdido al mediodía. Que un birdie no garantiza nada y que un doble bogey no termina la historia. Que el golf, como la vida, te eleva un día y al otro te pone los pies en la tierra. Y que ahí está, quizás, su mayor belleza: nunca permite que uno se crea demasiado bueno por mucho tiempo, ni demasiado malo para siempre.
La vida también son 18 hoyos largos.
Algunos se juegan con viento a favor. Otros contra la tormenta. Algunos empiezan mal y terminan con una sonrisa. Otros parecen perfectos hasta que una pelota se pierde donde no debía. Hay hoyos en los que conviene atacar y otros en los que solo hay que sobrevivir. Hay que elegir bien el palo, aceptar el error, caminar hasta la próxima pelota y seguir jugando.
Durante años pensé que lo importante era el score. Hoy, desde este ventanal, entiendo que no.
Lo importante era el camino entre golpe y golpe. La charla con los compañeros. El olor del pasto recién cortado. El ruido de los clavos sobre el piso del camarín. La mano que se estrecha en el green del 18. El café después. La promesa de volver el sábado siguiente. La ilusión absurda, hermosa, eterna, de que la próxima ronda iba a ser la mejor.
Ahora sé que cada último putt del 18 era una ronda menos en la vida. Y sin embargo no lo digo con tristeza. O tal vez sí, con un poco de melancolía. Pero también con gratitud. Porque qué privilegio fue haber tenido tantas rondas. Tantos amaneceres. Tantos amigos. Tantos golpes buenos como para recordarlos y tantos malos como para reírme de ellos.
Me despido de ti, golf, aunque sé que no te vas del todo.
Vas a seguir en mis manos cuando ya no sostengan un palo. En mis ojos cuando mire a otros salir a jugar. En mi memoria cuando escuche el golpe seco de un drive desde la terraza. En mi corazón cada vez que un niño cruce el putting green con una bolsa demasiado grande para su cuerpo y una ilusión demasiado grande para guardarla.
Quizás eso sea lo más lindo de todo. Que uno se va, pero el juego sigue. Sigue en los chicos que empiezan. En los amigos que todavía discuten un putt. En los padres que llevan a sus hijos a la primera clase. En los que descubren tarde que este deporte no solo se juega con las manos, sino también con la memoria, la paciencia y el alma.
Yo ya no podré jugarte más. Pero te jugué una vida entera.
Y si pudiera volver a ese primer día, al niño de cuatro años con su pequeña bolsa al hombro, al padre que me llevaba de la mano, a ese instante en que todo estaba por empezar, no cambiaría nada. Lo vería agacharse, acomodarme el gorro, señalarme la cancha y decirme esas palabras que todavía escucho como si fueran hoy:
“Adelante y buen juego”.